Un Lunes Santo más mirando al cielo

Un Lunes Santo más mirando al cielo

Un Lunes Santo más mirando al cielo

Por Víctor S. Prieto, presidente de La Santa Merienda y hermano de la Hermandad de Jesús en su Tercera Caída


Tras un fin de semana de “dolores” que comenzamos el Viernes sacando a la Hermandad Penitencial del Santísimo Cristo del Espíritu Santo, que continúo el Sábado con una comida con amigos y terminó con el tradicional cocido del Domingo de Ramos, llegaba una nueva semana. Un lunes laborable para algunos, concretamente para mí, pero que tenía otras sensaciones distintas a las habituales. Era Lunes Santo.

Y como cualquier Lunes Santo, aquí en el barrio, en San Lázaro, se levanta uno mirando al cielo. Al cielo, porque algo ocurre los Lunes Santos. Ya puede haber 35 grados al paso de La Borriquita el Domingo, que el Lunes sí o sí va a amanecer nublado. Curiosamente, este 2018 que empezó con tromba de agua el Viernes de Dolores, el Lunes, mi Lunes, amaneció con un tímido sol. Un sol que seguiría creciendo a lo largo de la mañana, el mediodía y bien entrada la tarde.

A las 18:30 h. recibo un mensaje: mis hermanos de procesión ya me están esperando. Me enfundo la túnica, cuidadosamente planchada por mi santa madre, y me voy. Tras un leve piscolabis en un bar del barrio, nos apresuramos a colocarnos en la fila que se forma desde el año pasado en la Cuesta de la Morana para facilitar, o eso dicen, la salida de la procesión.

No, no me olvido del cielo. A eso de las 19:00 h. el cielo empieza a tornarse en penumbra y no es por la hora, sigue siendo de día. Mirando Morana arriba, allá dónde se cruzan los caminos, viene negro. Pero muy negro. Y según se van acercando las 20:30 h. de la tarde, más negro aún. En la fila empiezan los murmullos, “Ay como se está poniendo” “No sé si va a aguantar”, “Verás como empieza a caer cuando salga”… Comienzan a contarse batallitas de años anteriores cuando nuestra eterna enemiga, la lluvia, se plantaba en mitad del desfile y había que dar la vuelta como fuera.

 

Son las 20:15 h., estamos en la cuesta de la Morana y sí, comienzan a caer las primeras gotas. Murmullos, lamentos, maldiciones… La lluvia durante ese cuarto de hora se vuelve más intensa por momentos hasta que a las 20:30 h., por gracia divina o porque nuestro querido amigo Chele habrá rezado mucho a nuestro Jesús en su Tercera Caída, la lluvia cesa. Comienzan a oírse los tambores, los hermanos comenzamos a cubrirnos, se encienden velas. La procesión está en marcha. ¡Ojo cuidado! El cielo sigue negro y no sería la primera vez que saliendo así hay que recular. Pero esta vez no parece que vaya a pasar y los pasos comienzan a subir la Calle del Riego.

 

Por suerte, o porque esta procesión se organiza de esta “manera”, acabo posesionando en diferentes puntos del recorrido junto a todos y cada uno de los grupos: la Despedida, el Cristo y la Virgen.

Durante el desfile estaban: mi novia, amigos, familiares, fieles al lado izquierdo para recibir un saludo, sí, porque caramelos no llevo, no este día. Es el día de disfrutar de nuestro Cristo escalando el Riego, de la Despedida luciéndose por Santa Clara y de nuestra Virgen entrando triunfal en la Plaza Mayor.

 

Queda el acto, nuestro acto. El recuerdo a todos los que no están, quizás este año con más retraso de lo habitual, pero a las 23:15 h. y tras las palabras de nuestro capellán, comienza el Coro con el espectacular “La Muerte no es el Final”. Pelos de punta en una plaza repleta de hermanos, velas y espectadores. 

 

Después de esto, poco más. Enfilamos hacia el Museo y a las 23:45 h. me quito el caperuz. Me abrazo con mis hermanos y me voy a casa para prepararme y llegar a ver la Buena Muerte. El Lunes Santo ha comenzado de la mejor manera posible.

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