Claudio Rodríguez, el poeta de los zamoranos

Claudio Rodríguez, el poeta de los zamoranos

Claudio Rodríguez, el poeta de los zamoranos

Por David Refoyo – Para todos los que escribimos en esta ciudad, la sombra de Claudio es alargada. Y difícil. Es, sin lugar a dudas, el máximo exponente de las letras patrias y es digno reconocer su enorme talento para la poesía.

Con apenas diecisiete años conquistaba, en 1953, el premio Adonáis, lo que le catapultó al éxito. Sin embargo, no es la corona lo que importa si no su enorme influencia entre los poetas de su generación. Y también los posteriores. La generación del 50 no se entiende sin él del mismo modo que no se entiende sin Valente, Gil de Biedma o Pepe Hierro. Un zamorano en los libros de texto más allá de nuestras fronteras.

Siempre la claridad viene del cielo;
es un don: no se halla entre las cosas
sino muy por encima, y las ocupa
haciendo de ello vida y labor propias.
Así amanece el día; así la noche
cierra el gran aposento de sus sombras.

Claudio era un zamorano tranquilo, andariego, que miraba las cosas cotidianas con una franqueza deliciosa. Trasladó el peso de los surcos y la tierra a los libros de poesía, conquistando una voz única desde muy temprano.

Además del celebrado ‘Don de la ebriedad’, publicó otros libros –pocos, a decir verdad- de elevada calidad poética como ‘Conjuros’, ‘Alianza y condena’, ‘El vuelo de la celebración’ o ‘Casi una leyenda’; libro publicado en 1991 con un marcado tono melancólico que el próximo mes de noviembre protagonizará las jornadas sobre su figura organizadas por el Seminario Permanente de Claudio Rodríguez en Zamora.

Clauido Rodríguez

Ninguno de los poetas zamoranos que hemos venido detrás, algunos muy buenos, ha soportado la comparación con Claudio. Él lo vio primero. Él lo escribió antes y, seguramente, mejor. Por eso, mi consejo es disfrutarlo. Sin ataduras. Sin aspavientos. Sin necesidad de matar al padre. Leer a Claudio Rodríguez provoca una embriaguez de belleza, un saberse reconocer en sus palabras, en sus paisajes, en sus contextos tan locales como universales. Sus versos nos pertenecen. A los poetas y lectores, pero también a cualquier zamorano que se sienta orgulloso de serlo, porque como dejó escrito: dad al aire mi voz/ y que en el aire sea de todos/ y la sepan todos.

Como si nunca hubiera sido mía,
dad al aire mi voz y que en el aire
sea de todos y la sepan todos
igual que una mañana o una tarde.

Ni a la rama tan sólo abril acude
ni el agua espera sólo el estiaje.

¿Quién podría decir que es suyo el viento,
suya la luz, el canto de las aves
en el que esplende la estación, más cuando
llega la noche y en los chopos arde
tan peligrosamente retenida?

¡Que todo acabe aquí, que todo acabe
de una vez para siempre! La flor vive
tan bella porque vive poco tiempo
y, sin embargo, cómo se da, unánime,
dejando de ser flor y convirtiéndose
en ímpetu de entrega. Invierno, aunque
no está, detrás la primavera, saca
fuera de mí lo mío y hazme parte,
inútil polen que se pierde en tierra
pero ha sido de todos y de nadie.

Sobre el abierto páramo, el relente
es pinar en el pino, aire en el aire,
relente sólo para mi sequía.
Sobre la voz que va excavando un cauce
qué sacrilegio este del cuerpo, este
de no poder ser hostia para darse.

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