20 años acompañando al Yacente

20 años acompañando al Yacente

20 años acompañando al Yacente

Por Fernando Lobo, socio de La Santa Merienda y hermano de la Penitente Hermandad de Jesús Yacente


En la primavera de 1999, cuando aún era un niño asustado y tímido, caminaba con mi padre en dirección a la iglesia de Santa María La Nueva. Era la primera vez que vestía unas sandalias franciscanas, estrenaba mi túnica de estameña, blanca como la nieve, y un fajín morado y medallón, que me fueron entregados en el rito de entrada, uno de los actos del último Vía Crucis organizado por la Hermandad, previos a la Semana de Pasión. A la entrada en el templo escucho una voz que dice: “Pregúntale a ese niño”. Acto seguido se acerca a mí un hombre y me pregunta si quiero llevar la Corona de Espinas de la Hermandad. Me abracé a mi padre y le dije en voz baja: “Papá no quiero, yo quiero salir contigo”. Han pasado 20 años, y sigo arrepintiéndome.

Es difícil explicar lo que sentí al ponerme por primera vez el caperuz de estameña blanca de la Hermandad de Jesús Yacente. Y lo sigue siendo. Cada paso es especial. Pronto quede impregnado de la austeridad y recogimiento que refleja la procesión, o del silencio que cofrades y hermanos de acera respetan de forma rigurosa. ¿Cómo un niño podía sentir tantas cosas en tan poco tiempo? ¿Cómo no sentir el dolor como propio al compás del sonido de las campanillas del viático? ¿Cómo no enmudecer al escuchar el rasgar de la madera de las cruces contra las calles empedradas?

Así, tras algo más de dos horas de recorrido por el Casco Histórico de nuestra Zamora, llegamos a la Plaza de Viriato y creo recordar que mi padre me dijo: “Fernando, atento, este es nuestro premio”. Centenares de cofrades abarcamos la plaza y la iluminamos con nuestros hachones para dar paso a nuestro Jesús Yacente. Nuestro premio era el Miserere, y jamás olvidaré ese día.  A la salida de la iglesia, mi madre me pregunta: “Pero, hijo, ¿Cómo estás? ¿Estás cansado?”. Y yo le respondí: “Sí mamá, pero este ha sido el mejor día de mi vida”.

Avancemos un poco en el tiempo. Vayamos 20 años hacia delante. Sí, sigue siendo el momento más esperado del año.

Apenas dos días antes de comenzar la procesión, en varias charlas semanasanteras, típicas en esta época del año, con amigos y familiares ya varios me comentaban: “Lo vais a tener jodido, os va a llover”. Yo les respondía que no se preocuparan, que los del Yacente somos muy chulos y le habíamos hecho a la imagen una urna por si acaso llovía. Por cierto, aprovecho para comentar, llegados a este punto, que las hermandades de penitencia no tienen la obligación de salir en procesión independientemente de las condiciones climáticas, pero si hemos hecho una urna que pesa 18 kilos, cuya colocación requiere de antelación, a buen entendedor pocas palabras le bastan.

 

Y ahí llegamos, un año más, mi padre y yo a la Iglesia de Santa María la Nueva. Ya sin ser un niño, pero con la misma ilusión del primer año iniciamos el primer paso. Recorremos el Barrio de San Esteban, con viento, con lluvia, con frío, mucho frío, pero ¡qué bonito! Llegamos a La Plaza de Viriato, a recoger nuestro premio. La Plaza, algo desangelada, la lluvia no perdona. Nuestras velas rojas, apagadas; las gargantas, enmudecidas; suena el Miserere. Piel de gallina.

“Tunc acceptabis sacrificium justitiae, oblationes, et holocausta: tunc imponent super altare tuum vitulos.”

Se acabó. Volvemos al templo.

Queda mucha noche, queda mucho día. Ya es Viernes Santo.

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